Wednesday, February 14, 2007

A Cupido que se ande listo...


Treinta y un años de vida y, el que sea testigo de la crísis que la simple mención del día de San Valentín provoca en mí, pensará que solo tengo trece. Mas está de mencionar que mañana se presentará y me cogerá en la puta pelota, con las manos atadas, y sin poderme tapar lo vergonzoso. En términos más sencillos: no compré nada para Ares.

Se me cae la cara de vergüenza, y para alguien que no la tiene, esto en un suceso casi milagroso. No tengo excusa, punto. Sin embargo, la necesidad de justificar mi falta me lleva a intentar lo imposible:

  1. Se me olvidó. Honesta pero, considerando que las decoraciones de San Valentín andan plasmadas en todos lados desde el 26 de diciembre, no tendré argumento valido.
  2. No tuve tiempo. En otras palabras: lo dejé para después con la esperanza de que el mañana me rindiera el tiempo que no tuve hoy para hacer lo que debí de haber hecho ayer.
  3. El día de San Valentín no es real, sino un día pagano del que no debemos ser partícipes. Esa me hubiese salvado si el conocimiento de Ares sobre temas de esta índole fuese tan básica como la mía, que tilda casi de ignorante.
  4. Quiero apoyarte, así que cero chocolates para no descarrilar tu dieta. Considerando que Ares se come hasta lo que -a sabiendas- no le gusta, esta me la tendré que comer yo. Además, mi primo trabaja para Hershey’s, así que en casa SIEMPRE hay chocolate.
  5. No quise ser partícipe de la deforestación global, así que no te compré tarjeta ¡Sea la madre de las tarjetas virtuales!

La realidad es que, entre la compra de la casa, la mudanza pautada para el lunes, el negocio, los niños, las tareas del hogar, y las novelas que todos a mi alrededor parecen estar viviendo (y de las cuales me hacen partícipe), no tengo las más puta idea del día en que vivo. Lo más triste del caso es que, el lunes pasado, Ares llegó a la casa con una fresa cubierta en chocolate como regalo de San Valentín. Me explicó que me regalaba la fresa entonces por si el miércoles no le rendía el tiempo para llevarme a cenar, ya que su agenda de trabajo no le permitirá ni un respiro mañana, además de que yo pasaré la mayor parte del dia limpiando la monstruosidad de casa que acabamos de comprar. Me lo imagino, como ratoncito en jaula, dando vueltas en el supermercado: "¿Bizcocho? No. ¿Chocolates? No. ¿Vino? No. ¿Tarjetas? No." Busca que busca, en una crisis casi de vida o muerte, intentándo encontrar algo, cualquier cosa que lo redimiera de la situación desesperada en la que se encontraba. De momento -¡eureka!- su bombilla cerebral prendida instantáneamente al pasar por el display de fresas: “¡Ajá! ¿Que lindo gesto de mi parte, verdad? Pequeño pero genial ¿Se dará cuenta Lyllia de mi plan maquiavélico para salir de un compromiso impuesto?” No importa como se desenvuelva tal escena en mi mente, la realidad de la situación es que Ares planificó algo. Y ese algo es más de lo que yo le presentaré mañana.

Me pregunto si mañana notará Ares como flota Cupido, su pañal embarrado de vergüenza, sus cachetes rojos, apuntándole al corazón con su flecha partida. Entonces, para su disfrute, su plan funcionará. En cambio, quedaré yo en total decepción ante la falta del detalle que no presentaré. Ese despliegue concreto, comprado, inspiración tangible de otra mente, de otro corazón; representación táctil de lo infinito de mi amor por él. En todo caso, ya es demasiado tarde para mí. Aquí estoy, con las manos completamente vacías, a las 11:56 en la noche, víspera del único día que los otros 364 del año nos permiten para dedicar al amor públicamente.

En cuatro minutos, el mundo comenzará su baño en chocolate, amantes jóvenes aspiraran el helio de las bombas que intercambiaron y, entre risas pendejas, se dedicarán canciones de reggaetón que bajaron del Internet –ilegalmente- la noche anterior. Hallmark verá su margen de ventas volar como puta en viaje de ácido. Las floristerías no darán abasto vendiendo rosas rojas que, en días previos, vendían a una cuarta parte del precio que cobrarán hoy. Los más fanáticos se vestirán de rojo a pesar de que el color acentúa sus arrugas y de que así comprometen su posición política:”Que todo sea en nombre del amor”, se les escucha murmurar mientras planchan la camisa. Las oficinistas esperarán flores de sus amantes, enviadas como inversión en efectivo para la sesión de sexo que esperan devengar en la noche: “Seguramente, la caja de chocolates en forma de corazón la ablandará y hasta me deje grabar la chichada con la cámara de video.”, se repiten a si mismos mientras la caja registradora marca $14.99 cargado a su tarjeta Visa. Diamantes ensortijados –redondos, cuadrados, grandes, diminutos- flotarán de mano en mano, y con cada propuesta, una pareja añade su nombre al cliché de los que se comprometen en un día tan cargado de expectativas soeces. Si es amor lo que buscamos, entonces ¿por qué valorarlo con la fragilidad de un solo día, flores ya muertas, chocolates empalagosos y mensajes comprados?

Mañana al despertar, como todos lo días, me voltearé entre risas, le presentaré a Ares mis manos vacías, le acordaré que -en mi vida- el es mi tiempo, le regalaré el más dulce de los besos, le dedicaré un poema escrito en mi corazón y le demostraré que Cupido lo tenía todo fríamente calculado.

Thursday, February 08, 2007

Payaseando...


Me he dado cuenta de que, desde que estoy con Ares, mi nivel de madurez ha bajado considerablemente. No es que esté apuntando el dedo en su dirección para justificar mi aparente demencia, pero sí tengo que decir que por culpa de su actitud libre y picara, la niña traviesa que habita en mí ahora posee libre albedrío. No tengo ya cuenta de cuantas maldades y travesuras le he hecho a mi marido, pero aquí van algunas:

Le pinté las uñas de las manos –y los pies- de rosa fluorescente. Tras una noche de jelengue, Ares llegó a casa completamente borracho. Tan borracho que se enfermó, algo sumamente raro porque ese chinito se puede beber el Nilo y permanecer completamente operacional. Yo, aprovechándome de su estado, me tomé la libertad de pintarle las uñas sin darme cuenta de que no tenìa acetona. Al día siguiente tuvo que ir a la farmacia, con todo y sus uñas color de rosa, a comprar acetona. Me cuenta que la cajera lo miró de reojo, a lo que Ares reaccionó con: "Ay, es que me equivoqué de color."

Le hice gritar como una niñita de escuela primaria. Una vez, en conversación, discutíamos sobre los hábitos del hombre latino, especialmente de los que se consideran los ‘más macho’. Le contaba a Ares que nunca me había atraído ese tipo de hombre, a lo que me contestó: "De que estas hablando, si yo soy un hombre macho? Bien macho. Increíblemente macho. Tan macho que la testosterona se me sale por los poros". Dejé ir el tema. Horas mas tarde, sabiendo que las cucarachas lo aterran y en una actuación que hace de Meryl Streep una ‘amateur’, apunté horrorizada a sus pies y chillé: “¡¡¡Cucaracha, cucaracha, tienes una cucaracha en el pantalón!!!!!” Ares, con terror, brincó dos pies del suelo, gritó, y salió corriendo como puta en medio de una redada. Entre risas le cuestioné: “¿Macho, eh?”

Me burlé de sus avances sexuales. Hace un mes, Ares salió del baño completamente desnudo. Acercándose a mi, que ya estaba acurrucadita en la cama, y meneando la colita me dice: “Chequéate a este Chinky sexy. Yo se que me deseas.” No tuve más remedio que tragarme las carcajadas. Le propuse que, como hacía tiempo que no ponía mi talento artístico en práctica, me dejara dibujarlo desnudo. Entendiendo que esto sería una forma innovadora de ‘foreplay’, accedió a mi propuesta. Al cabo de casi una hora en posiciones absurdas e incómodas, y entre regaños cada vez que se movía, decidí finalmente terminar mi ‘obra’. La firmé, la titulé y se la presenté. En el papel un dibujo de su sexo, envuelto en una capa de superhéroe volador titulado: ‘Jorgito Batata y sus nueces mágicas’.


Mi pobre Ares, es tan noble que no se desquita... todavia.

Thursday, January 18, 2007

Spanglish, please!


Ares esta intentando aprender a hablar español. Me he dado cuenta de que su acento es lindísimo, que pronuncia las ‘r’ con fuerza y determinación, y que entiende aun más de lo que me había dejado saber en el tiempo que llevamos juntos. Le sugerí que escuchara música en español para que fuera comprendiendo la pronunciación del idioma y adquiriera vocabulario. Sin embargo, hace dos noches atrás, me di cuenta de que quizás su selección de música en español no es la mejor para adquirir vocabulario:

L: Buenas noches, mi amor.

A: Te amo, chicharrón.

L: Did you just call me ‘pork rind’? (¿Me acabas de llamar chicharron?)

A: Huh? No, no, no…Chicharron!

L: What?! Ok, en ingles, por favor.

A: I want to get my ‘chichar’ on…