Wednesday, November 21, 2007

De visita...

Hace calor... mucho calor. El trafico no cede para nadie... o nada. Los dias van pasando y, entre el millar de diligencias que hacer, gente que ver, lugares que visitar, no ha habido tiempo para parar y reflexionar... y dar gracias a Dios porque estamos en

PUERTO RICO!




Tuesday, April 24, 2007

Será que ya se acerca el fin?



Ayer un hombre entró a la oficina de arrendamiento del complejo de apartamentos donde vivía en Houston y, con una sonrisa macabra y tras enviar a sus allegados -por correo electrónico- su propio obituario, abrió fuego contra la mujer que manejaba el complejo. ¿Por qué? Porque, tras no haber mantenido su renta al día y haber causado problemas a sus vecinos, el complejo hacía trámites desde el jueves para deshauciarlo. En la redada también cayó su vecino. Sin pensarlo dos veces, abrió fuego frente a la puerta de su vecino, a quien una de las balas alcanzó en el pecho. Así, de un tirón al gatillo, acabó con su 'problema'. Tras la balacera, pistola apuntada a la cabeza, el tipo termió con su vida.

La semana pasada, un contratista tomó de rehén a dos persona en el Johnson Space Center de NASA, en Houston. El contratista, un hombre de pelo blanco y algunos 60 años, jamás se asemejaría al perfíl de asesino que la mayoría de la población cargamos en nuestra mente. Encerrados en el salón de conferencia del que había sido su lugar de empleo, el jefe del don y una empleada, con sus vidas en las manos de un demente, perdieron su derecho a la libertad por cuatro horas. La policía, como esperando una invitación grabada en oro, mantuvo vigilia en las afueras del edificio. En un instante casi interminable, la vida del jefe fue ultimada y el abuelito -pistola en mano- terminó con su propia vida. ¿Por qué? Porque su jefe hacia trámites para despedirlo.

Hace dos semanas, una empleada de una oficina médica en Houston incendió la oficina donde trabajaba. En un abrir y cerrar de ojos, el fuego salió de sus manos, tragándose la oficina y varias otras aledañas. Tres de sus colegas no llegaron a sus casas esa noche. Personas trabajadoras, que nada tenían que ver con los problemas de esta mujer desquiciada, nunca volvieron a ver la luz, a abrazar a sus hijos, a besar a los que amaban. ¿Por qué? Porque ésta mujer vaga y desquiciada no había cumplido con su labor diaria y temía ser despedida. Su falta de lucidez la llevo a pensar que, con el fuego, podría quemar la evidencia de su vagancia y mantener su trabajo.

Hace varias semanas, las autopistas de ésta ciudad añadieron un problema más a la larga lista de los que ya existen. No solo manejan los tejanos a mil millas por hora en carreteras de dos carriles, pero se la pasan de carril en carril, dejando solo un pequeñísimo espacio entre su auto y el del frente. Si a esto le añadimos el llamado "road rage", cada vez que un conductor sube al volante podría caer víctima de un asesino. Si no lo creen posible, pues basta con preguntarle a la mujer que presenció la muerte de su enamorado mientras paseaban en su auto nuevo un domingo. ¿Por qué? Por que a éste se le ocurrió tocarle bocina al tipo de la pick-up que venía 'volando bajito' para evitar un posible accidente. Tras invadirle el carril, apenas rozando su auto, el demente en la pick-up abrió fuego contra el hombre y su novia, matándolo instantáneamente.

A veces pienso que estamos viviendo dentro de una película experimental de Quentin Tarantino. ¿O podría ser que el final está cerca? Es aparente que hemos llegado a un punto, previamente producto de una fábula fantasiosa, donde arremeteremos contra el vecino porque no nos gusta el color de su casa, o contra la oficinista del dentista por no haber saludado al paciente, o contra el payaso en la fiesta del nene porque lo hizo llorar en vez de reir, o contra el mesero por derramar el agua sobre la mesa. Dice Ares que, a pesar de todo esto, el prefiere vivir en estos tiempos a haber vivido en tiempos Romanos o medievales, donde poblaciones enteras morían a manos de colonizadores. Le argumenté que, para esa época, la mayoría de la violencia extrema se sucitaba entre naciones por tierra y expansiones de imperios. No era violencia anónima, sino mas bien producto de una agenda tangible, efímeramente tangible, pero tangible al fin. Ahora es hombre contra hombre. ¿Por que? ¿Por honor? ¿Por orgullo? ¿Por el deseo de fama, de notoriedad? ¿Por esa sed que tiene el hombre de sobresalir, de ser especial? Vivimos con la vida en la mano, a merced del otro, del que trabaja en el cubículo del lado, del que corta la grama, del que reparte el periódico, del que te saluda en el asensor a diario, del estudiante que no gusta de su maestro(a), del que dirige la misa los domingos, del que espera a que cambie la luz en el caro del lado, del que no puede lidiar con el estress de otra forma que deshagorlo sobre quienes no tienen culpa.

Nos asomamos al portal de algo que -pronto- ya no podremos combatir... y lloro por el mundo en que dejo a mis hijos.

Sunday, April 15, 2007

A correr se ha dicho

Mi vida es una carrera constante. Un caos total.

De mi hogar salgo a la hora mas absurda, en mi disfraz de profesional, taza de té en mano. Ya de camino a la autopista veo cientos de vacas en los pastizales todavía durmiendo: ‘Cabronas, si no fuera porque sé que terminarán en el plato de alguien la semana que viene, cubiertas en salsa de barbacoa, me moriría de envidia.” No, no soy mañanera. Nunca lo he sido. Y aunque me llena de felicidad ver el amanecer, prefiero hacerlo desde la comodidad de mi colchón.

Peleo con el tráfico por hora y media para recorrer las 34 millas que existen entre mi hogar y mi oficina. Auto tras auto, en filas, como hormigas. La gente se enfurece por que el del frente no se mueve. ¿Por que será que la gente se apura para llegar al trabajo, cuando los odian tanto? Paso por otro peaje. Me está costando un dineral este ir y venir, pero no me quejo, me pagan bien en mi nuevo empleo. ¡Y pensar que puedo ver nuestro viejo apartamento desde la ventana de mi oficina! Mi auto marca veinte millas por hora, pero el reloj va a ochenta. Debo llegar temprano para conseguir estacionamiento: “Hay días en que sería mas fácil canonizar a Pedro Roselló que conseguir estacionamiento.”

Durante el tapón, pienso en mis hijos. Los llamo, pero aun duermen. Ares me pregunta si me gusta el té que me preparó, pero no he podido probarlo aun. Me da miedo a que se me derrame sobre el ajuar nuevo en el que tuve que invertir para trabajar en el mundo corporativo americano. Me consta lo que la palabra ‘inversión’ implica. Sin embargo, en un mundo donde la imagen precede la inteligencia, un ajuar impecable es a veces la diferencia entre quienes tienen oportunidades de crecimiento y quienes se quedan atrás. Una inversión, punto.

Sigo conversando con Ares. Con mi nuevo ‘horario’, ya casi no tenemos tiempo para compartir. El intenta preparar a los chicos mientras conversa. Se escuchan los lloriqueos de mi hijo quien, al igual que su madre, no es mañanero. Mi hija canta y ríe. Me da pena que mis hijos ahora pasan sus días en casa de su abuela, pero algo me dice que cuente mis bendiciones. La alternativa nos costaría $400 por semana y mil dolores de cabeza descifrando quien podrá llegar a tiempo a recogerlos diariamente. Aun así, la hora y media de viaje para llevarlos y recogerlos significa que no llegaré a mi casa hasta después de las nueve de la noche. Y ésto solo si salgo de mi trabajo a las 5:30, algo que ha sucedido solo una vez. Este tren ya me ha costado casi diez libras.

Llego a mi oficina. Me gusta mi trabajo, por ende, las horas se me van volando. Existe una energía increíble y contagiosa. Mi jefa es boricua, graduada de la academia María Reina en San Juan; yo de otra escuela privada muy cerca a la de ella. ¿Qué pequeño es el mundo, no? Es también una de siete Partners, y la única mujer. Cuando me contrató me puso el nombre de ‘Mini Me’. Ella no lo sabe, pero es mi inspiración. Flotan comentarios en la oficina de mi excelente labor. Esto me ha ganado el respeto de mis superiores y la envidia de algunos de mis colegas. Con una sonrisa, mi jefe inmediato me dice: ‘Por fín, encontraron a álguien que sabe lo que está haciendo.” Es un hombre joven, a quien le gusta coquetear, pero se que lo dice con toda sinceridad. A quienes aun no conozco, ya me llaman por mi nombre. Hace dos semanas, me dieron la oportunidad de manejar a otro empleado y, hasta hoy, he podido delegar el trabajo exitosamente. Las invitaciones sociales de quienes dirigen la compañía, no se han hecho esperar, y las oportunidades profesionales que se presentaron en tales eventos no solo me incluyeron a mi, pero también a Ares en su capacidad de negociante. Tengo nombre, reconocimiento, y sobre mi escritorio, fotos de quienes me impulsan a diario a dar lo mejor de mi.

Y, sí, la carrera me deja exhausta cuando llega el viernes. Mi casa, en total caos, parece que fue invadida por un tornado. Ahora lo que hacía a diario; las tareas del hogar, los pañales y las canciones de Sesame Street, son cosas que llenan mis fines de semana. Tengo cajas y cajas en el garaje que todavía no se han abierto. La casa está sucia y a medio pintar. La grama crece, los carros no se han lavado, y no se ni dónde se esconden mis gatos ya. Quien me conoce sabe lo irritante que este caos es para mi, pero la felicidad de saber que puedo proveerle a mis hijos un mejor futuro, vale cualquier sacrificio.